Entre la cobardía y la ponzoña, el encantador de serpientes en el ejemplo de Javier Marías y su texto de agitación ¿Evitar a las mujeres a toda costa?
Raramente he leído un texto tan insultante para sus lectores como ¿Evitar a las mujeres a toda costa? de Javier Marías publicado en El País el 30.12.2018. Desde el postulado inicial que pretende resumir el texto, si es que postulado se le puede llamar, Marías despliega una serie de cuasi-afirmaciones insostenibles, falacias, mentiras, e insinuaciones insidiosas, apoyándose en sus recursos de autor de ficción y en la autoridad que supuestamente deriva de su excelencia como tal. No pretendo hacer un análisis de fondo, sino señalar solamente los engaños y las falacias más evidentes en cada sección del texto.
¿A qué se refiere Marías en la introducción? ¿Quién ha formulado esa idea, quién la ha extendido, dónde puede leerse que “las mujeres han de ser creídas en todo caso”? ¿Cuál es el riesgo que esos varones prefieren no correr? ¿Cuál es la alternativa que prefieren? Es una manera muy inusual la de hacer una afirmación completamente vacua pero vagamente sugerente como resumen de un texto, pero desde aquí podemos ver que el propósito de Marías es sugestionar y embaucar al lector.
En el primer párrafo, Marías afirma que medidas frívolas y adoptadas con entusiasmo desembocan frecuentemente en guerras y acusa a los impulsores de desentenderse de las catástrofes que desatan. Sin embargo, Marías no ofrece ejemplo alguno, probablemente porque la afirmación es totalmente falsa: las guerras no las desatan frivolidades ni entusiasmos menores, las desatan las relaciones de poder entre sociedades, que son tan complejas que están más allá del control de personas particulares. Pero Marías nos trata de encajar esta idea confiando en que los lectores confundan una idea interesante con una verdadera.
El segundo párrafo, Marías lo comienza sugiriendo que el “movimiento MeToo” pertenece a la categoría inexistente que definió en el anterior. Y aunque expresa esperanza de que no llegue a “tales tragedias”, Marías utiliza exactamente las mismas palabras que utilizó al describir esas iniciativas catastróficas: “prisas y gran alegría”. Aquí podemos ver la marca del escritor profesional envolviendo en su trama al lector, pero evitando caer en la explicitud. Marías quiere que el lector se trague sus falacias como si participara en un juego de lectura de ficción, en el que la suspensión de incredulidad contribuye a lograr un placer mayor; en el caso de un texto sobre hechos reales y serios, lo que hace aquí es un insulto a la inteligencia porque asume la incapacidad para la lectura crítica. A continuación, Marías afirma que el movimiento ha producido situaciones nefastas para las mismas mujeres a las que pretendía proteger. Y una vez más, la afirmación es vacua, y el autor no proporciona un solo ejemplo de una mujer que haya sido beneficiada por el movimiento y ahora se encuentre en una situación nefasta por ese motivo. Y tampoco aporta un solo ejemplo de cualquier mujer que se encuentre en una situación nefasta derivada del movimiento al que acusa. Simplemente cambia el tema y dedica la segunda mitad del párrafo a instruir sobre el “feminismo clásico”, sin explicar que tiene eso que ver con lo que acaba de decir, y sin ofrecer una conclusión o una conjetura. La intención, que se le nota a leguas, es la de fortalecer la falacia del cisma entre “feminismo bueno de antes” y el “feminismo radical e intransigente de hoy”.
El tercer párrafo es un menjunje vomitivo de tal bajeza que es difícil mantener la compostura al hablar de él. Hasta aquí, Marías ha hecho una serie de afirmaciones que no ha sustentado en ningún caso y que además son, o patentemente falsas, o claramente insostenibles. Al fin parece que va a aportar una muestra de las consecuencias terribles que MeToo ha desatado para las mujeres, pero resulta que de lo que nos habla, es de las actitudes que han adoptado los hombres de Wall Street ante el movimiento. Esto es inaceptable por tantas razones que apenas podré enumerar algunas. En primer lugar, porque los hombres de Wall Street no son inspiración ni ejemplo para nadie. Con excepción para un par de billonarios, lo único que sale de Wall Street para la humanidad es miseria, despojo y muerte. El consenso sobre la nefasta rapacidad inmunda de los hombres de Wall Street es tan grande y extendido que ya forma parte de los clichés temáticos de Hollywood. Nadie espera nada bueno de ellos, a nadie le sorprende que arremetan contra las mujeres y las discriminen aún más. En segundo lugar, porque la actitud inmunda que adoptan los hombres de Wall Street es únicamente responsabilidad de los hombres de Wall Street y no de un grupo o movimiento, ni de mujeres ni de nadie más. En tercer lugar, porque Marías publica su texto en uno de los diarios más importantes del mundo hispanohablante en donde el machismo y la violencia contra las mujeres superan por mucho el supuesto problema de que un ejecutivo no se quiera sentar junto a ellas en un avión. Es importante notar que Marías afirma que los hombres de Wall Street tienen miedo de que las mujeres los denuncien, pero, aunque el propósito de todo el texto es sugerirlo, nunca dice explícitamente que el miedo sea debido a denuncias falsas. De pronto Marías vuela de Wall Street a las universidades y nos advierte que en ellas “ocurre otro tanto” y nos habla de las puertas que los profesores dejan abiertas cuando reciben a sus alumnas en sus despachos. Y aquí es tal vez donde llega al punto más ignominioso de su bajeza, porque Marías parece afirmar que esas puertas se dejan abiertas para proteger, no a las alumnas o a las colegas, que hasta la fecha siguen siendo víctimas de acoso y abuso en el ámbito académico en todas partes del mundo ¡sino a los profesores! Que Marías remate el párrafo afirmando que los colleges estadounidenses prohíben el contacto físico en imitación al islam no puede mas que causar lástima o rabia, porque o él es un ignorante irredimible, o piensa que todos los demás somos imbéciles y no sabemos que los EE.UU. tienen su origen en la fundación de santuarios por puritanos radicales.
No hay mucho que decir sobre el cuarto párrafo, porque es una serie de elucubraciones disparatadas y predicciones paranoicas que parten de la premisa estulta de que la exigencia de que se crea a las victimas, con el mismo énfasis que se observa el principio de presunción de inocencia, de alguna manera derrumbará el imperio de la ley. Marías quiere sugestionar a sus lectores masculinos para que teman que en el futuro serán sentenciados culpables cada vez que una mujer los denuncie, aunque la denuncia sea falsa. Es una infamia escribir eso en el ámbito de una cultura en la que los jueces incriminan a las victimas de violación por no “cerrar las rodillas” y donde se considera normal afirmar que a las mujeres las violan porque ellas se lo andan buscando.
Queda mucho por decir, hace falta el punto de vista de las principales afectadas, pero yo ya estoy llegando al final. Solamente quiero señalar la tremenda cobardía que se esconde detrás de la apariencia de comedimiento. El texto rezuma insinuaciones, cada segmento es sugestivo, y en su conjunto está lleno de afirmaciones implícitas, pero está escrito de tal manera que el autor podría negar haberlas dicho porque efectivamente no están formuladas explícitamente. Por ejemplo, si hay algo que tienen en común todas las reacciones a él, tanto las negativas como las positivas, es la discusión de la noción de que MeToo ha derivado en la victimización de hombres a través de denuncias falsas; y sin embargo, el texto no contiene siquiera una instancia de alguna forma de la palabra “falso”. Marías ha utilizado sus poderes como creador de ficciones para redactar un texto que le permite atacar al feminismo y a las mujeres en general sin tener que dar la cara por ello. Como buen agitador reaccionario, tira la piedra y esconde la mano. Me parece tremendamente ofensivo que crea que los lectores se vayan a dejar engañar por sus trucos de encantador de serpientes.